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Beber paisaje: por qué el entorno influye en cómo percibimos el vino

cómo percibimos el vino

Beber paisaje: por qué el entorno influye en cómo percibimos el vino

Imagina dos copas del mismo vino. La misma botella, servida a la misma temperatura, con cinco minutos de diferencia entre una y otra.

La primera, la bebes de pie en la barra de un bar, con música alta y luz blanca de neón.

La segunda, sentado en una mesa junto al viñedo, a última hora de la tarde, cuando el páramo se vuelve dorado y lo único que se oye es el viento moviendo las hojas.

Son, literalmente, dos copas del mismo vino. Y no saben igual.

No es sugestión ni romanticismo de enólogo. Es una de las conclusiones mejor documentadas de la ciencia de la percepción de las últimas décadas, y explica por qué un vino bebido en su sitio, en su entorno, su paisaje, rara vez te decepciona.

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El sabor no está en la lengua

Solemos pensar que el sabor entra por la boca y punto: la lengua detecta, el cerebro anota. La realidad es bastante más interesante. El sabor no se detecta, se construye al mezclar los sentidos con el entorno. El cerebro toma lo que llega por la boca y la nariz y lo mezcla con lo que ve, con lo que oye, con lo que recuerda y con lo que espera encontrar, y con todo eso fabrica la experiencia.

Quien mejor ha cartografiado ese mecanismo es Charles Spence, catedrático de Psicología Experimental en Oxford y una de las mayores autoridades mundiales en percepción multisensorial del sabor. Desde el laboratorio que dirige allí —dedicado a cómo se combinan los sentidos— lleva años demostrando que lo que vemos, oímos o tocamos influye en el sabor percibido.

Un par de ejemplos que son resultado de estudios tras estudios. La música aguda tiende a realzar la acidez percibida de un vino; las frecuencias graves le añaden cuerpo y profundidad. La luz también influye: si es cálida empuja la percepción hacia lo dulce y lo redondo, mientras que la luz fría subraya lo mineral y cortante. La misma copa, con diferentes bombillas, cuenta otra historia.

El efecto del lugar

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Aquí es donde el paisaje entra en juego. Entre todas las variables de contexto, el origen es una de las más poderosas. Saber de dónde viene un vino y, mejor todavía, estar en el lugar de donde viene, modifica de forma medible lo que percibimos en la copa. Los estudios de cata a ciegas frente a cata “con etiqueta” lo confirman: el lugar de procedencia actúa como una pista que el cerebro incorpora al sabor, para bien.

A esto se suma otra cosa que Spence ha señalado muchas veces: cuanto más cuesta llegar a una experiencia, mejor sabe. El marisco sabe mejor junto al mar. Las fresas del huerto de la abuela nunca vuelven a saber igual en la frutería. No porque el producto cambie, sino porque cambia todo lo demás: el esfuerzo del viaje, el aire, la compañía, la memoria que se está creando en ese mismo ambiente.

El vino es, quizá, el caso más extremo de este fenómeno. Pocos productos llevan su lugar de origen tan escrito en el nombre.

Un Ribera en la Ribera del Duero

Piensa en lo que le pasa a un vino de la Ribera del Duero cuando lo bebes aquí, en su territorio. Estás a más de 800 metros de altura, en un altiplano de días de sol y noches frías que es, precisamente, lo que da a estos vinos su frescor y su fruta. Tienes delante las viñas de las que salió, el mismo cielo, el río marcando el valle. La copa deja de ser una abstracción y se convierte en un lugar.

Un despacho con luz fluorescente le roba al vino todo ese decorado. EL viñedo al atardecer se lo devuelve multiplicado. No es que el vino de la Ribera sea “mejor” en la Ribera en sentido químico, sino que aquí el cerebro dispone de todas las piezas para leerlo entero. Bebes el vino y, con él, el paisaje que lo explica.

Por eso una visita a Bodegas Virtus empieza justo por ahí: un paseo por el viñedo que envuelve la bodega antes de entrar a las instalaciones y a la cata. La luz, el silencio, el castillo al fondo, el olor de la tierra. Nada de eso es adorno. Es parte del sabor.

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Llévatelo a casa

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La buena noticia es que este mecanismo funciona también fuera de la Ribera del Duero. No hace falta un viñedo para beber mejor: basta con cuidar el escenario. Baja un poco la luz, quita la música estridente, sirve el vino en una copa que le dé espacio, acompáñalo de la gente adecuada y date el tiempo de mirarlo y de disfrutarlo. Estás dándole a tu cerebro las pistas para que construya la mejor versión posible de esa copa.

Y si de verdad quieres saber a qué sabe un vino, bébelo alguna vez donde nace. Esa primera vez que lo bebes en su paisaje no se queda allí: se convierte en recuerdo. El cerebro fabrica el sabor apoyándose también en la memoria, y el aroma es uno de los disparadores de recuerdos más potentes que tenemos, porque el olfato conecta directamente con las zonas del cerebro que guardan lo que vivimos y lo que sentimos.

Así que la próxima vez que descorches esa botella en tu casa, a cientos de kilómetros, no partes de cero: una parte de aquel día en el viñedo vuelve con el primer sorbo. Beberlo una vez en su lugar de origen es, en cierto modo, guardarte el paisaje para llevártelo puesto.