El vino en el arte
Pocas cosas inspiran tanto como una buena copa de vino. Los pintores lo saben desde hace siglos: el vino no solo es parte de un bodegón, sino algo con lo que comunicar.
A lo largo de la historia ha representado celebración, encuentro, espiritualidad y placer. Por eso no sorprende que aparezca una y otra vez en pintura, literatura, música y escultura. En esta ocasión nos quedamos con la pintura, donde la relación entre el vino y el arte es especialmente rica y continua en la historia.

Dioses, mesas y humanidad: el vino en la pintura clásica
Uno de los primeros grandes protagonistas del vino en el arte fue Baco —Dionisio en la mitología griega—, dios del vino y de la celebración. Su figura inspiró a pintores de distintas épocas con resultados muy diferentes.
En la obra ‘Baco’ de Caravaggio, el artista lo representa con una sorprendente cercanía humana. La copa no apunta hacia el Olimpo, sino hacia el espectador. Es una invitación.
Diego Velázquez llevó esa misma idea más lejos en ‘El triunfo de Baco’, conocida popularmente como ‘Los Borrachos’. El dios aparece rodeado de personajes populares españoles, mezclando mitología y vida cotidiana en una escena llena de humanidad. El vino no celebra aquí ningún ritual divino: es simplemente el hilo que une a las personas alrededor de una misma mesa. Puedes ver la obra original en el Museo del Prado.


El vino como parte de la vida
Con el tiempo, el vino fue abandonando las escenas mitológicas y religiosas para instalarse en algo más cercano, en la vida cotidiana.
Los impresionistas fueron especialmente sensibles a este cambio. Renoir, en ‘El almuerzo de los remeros’, retrató una escena luminosa donde el vino aparece integrado de forma completamente natural. No es símbolo de nada: está ahí porque siempre ha estado ahí, en las sobremesas, en las tardes largas, en los encuentros que uno no olvida.
También Van Gogh retrató viñedos y escenas rurales ligadas al trabajo de la tierra, recordando que el vino es labor en el campo, está vinculado con el paisaje, con las estaciones.
Cuando el vino se convierte en pincel
La relación entre vino y pintura va, sin embargo, mucho más allá de la representación. Hoy existen artistas que utilizan el propio vino como pigmento, explorando sus tonalidades naturales, su sedimento y su evolución con el tiempo.
Sanja Jankovic
Sanja es una artista serbia con formación en Bellas Artes. Su proyecto Winerelle nació en 2015 de una mancha accidental: una copa de vino derramada sobre un mantel blanco durante una cata. Lo que pudo ser un contratiempo se convirtió en una técnica.
Trabaja con variedades como riesling, chardonnay, pinot noir, merlot o cabernet sauvignon, buscando siempre el color que esconde cada botella. Sus obras están vivas: el color sigue desarrollándose con el tiempo gracias al proceso de envejecimiento natural de los antocianos.
Nunca mezcla variedades en el mismo contenedor y usa cada cepa como una pincelada distinta para conseguir diferencias sutiles entre el púrpura, el magenta y el rojo profundo.
Entre sus trabajos más reconocidos destacan las reinterpretaciones de obras clásicas, como su versión de ‘La dama del armiño’ de Leonardo da Vinci. Hoy trabaja desde Nueva York y Dubái, donde es también docente de arte moderno. Puedes seguir su trabajo en @winerelle_winepainting.

Melissa Proudlock
Artista canadiense afincada en la región vinícola de Niágara, Ontario. Melissa creó su primera pintura con vino en el otoño de 2013 mientras trabajaba como diseñadora gráfica a tiempo completo para una bodega local, puesto que ocupó durante quince años y que fue el caldo de cultivo de la idea.
Lo que distingue su técnica es la atención al detalle y al origen: descubrió que un mismo vino da colores distintos según su procedencia, de modo que un pinot noir de Niágara tendrá un matiz diferente al de uno de Borgoña. Antes de empezar a pintar, prepara el vino mediante un proceso propio de envejecimiento, reducción y adición de lías —el sedimento del fondo de los depósitos— hasta conseguir la consistencia exacta que necesita.
Su obra abarca retratos, animales, paisajes y cultura popular, y ha sido reconocida internacionalmente: uno de sus trabajos superó el millón de visualizaciones en redes sociales. Para preservar los colores, aplica varias capas de barniz de calidad museística que ralentizan la transición natural del vino hacia los tonos sepia. Puedes ver sus obras en @melissaproudlock.

Jorge Martorell
Arquitecto y diseñador gráfico argentino, Martorell llegó al vino como pigmento por un camino parecido al de los otros: estaba trabajando en un cuadro cuando accidentalmente una copa de vino dejó su huella en la tela.
Su maestro, en lugar de corregirlo, lo animó a seguir explorando esa dirección. Usa todo tipo de vinos —en botella, vinos de mesa, incluso en tetra brik— aunque lo que más le apasiona son las borras que quedan en los toneles después de la vendimia.
Entre sus obras más significativas se encuentra Sacré-Cœur, creada con borra de malbec y obsequiada al Papa Francisco durante una visita al Vaticano. Tiene algo de lógico que el vino acabe siendo también herramienta, porque sus compuestos polifenólicos son pigmentos naturales.

Una relación que sigue viva
La conexión entre vino y pintura no se agota en el ‘wine painting’. Exposiciones en bodegas, etiquetas diseñadas como obras de arte, experiencias donde el vino se convierte en punto de partida cultural: ambos mundos siguen compartiendo el mismo lenguaje.
Quizás porque los dos piden lo mismo: mirar despacio, prestar atención a los matices, dejarse sorprender por algo que parece sencillo y no lo es. Una buena pintura y una buena copa de vino tienen el mismo poder: el de detener el tiempo durante unos segundos, evadirte y, muchas veces, reflexionar.
